Gisela: De la Duda al Brillo en la Cancha

 

Cuando Gisela pisó una pista de pádel por primera vez, lo hizo con el corazón en la garganta. Su amiga Clara la había convencido después de semanas insistiendo, pero ella seguía repitiéndose:

«No soy buena para esto. ¿Qué voy a hacer ahí?».

El eco de esas palabras la perseguía incluso después de terminar su primera clase, donde apenas pudo devolver un par de bolas y tropezó más de una vez con sus propios pies.

Pero algo curioso sucedió. Esa noche, mientras miraba el techo desde su cama, sintió una chispa. No era orgullo por lo que había hecho, sino algo más: ganas. Quería volver, aunque todavía no entendía muy bien por qué.

 

El inicio de una lucha interna

Gisela empezó a entrenar dos veces por semana. Sus primeras parejas de juego eran pacientes, pero ella no podía evitar disculparse después de cada error, como si cargar con la responsabilidad de todas las derrotas fuera su misión. Su entrenador, Mario, un tipo campechano con una risa fácil, se lo tomó como un desafío personal:

—Gise, dejate de pedir perdón. Equivocarse es parte del juego. Lo único que te pido es que tires con ganas.

Las palabras de Mario se convirtieron en un mantra, pero la inseguridad no desapareció de la noche a la mañana. Hubo días en los que Gisela salía de la pista con lágrimas en los ojos, sintiendo que no avanzaba. Sin embargo, siempre volvía. Su disciplina, más que su talento, la mantenía en pie.

 

Los primeros destellos de confianza

Todo cambió un día durante un torneo local. Habían asignado a Gisela como pareja de Flor, una jugadora conocida por su carácter fuerte y competitivo. Gisela estaba aterrada.

—Escuchame, Gise —le dijo Flor antes del primer partido—. No necesito que seas perfecta. Solo quiero que estés conmigo en cada punto. Confío en vos.

Esas palabras, simples pero cargadas de peso, hicieron que Gisela respirara profundo. Por primera vez en mucho tiempo, dejó de jugar para no fallar y comenzó a jugar para disfrutar. Ganaron ese partido, y aunque luego fueron eliminadas en semifinales, algo había cambiado. Flor, sin saberlo, le había regalado a Gisela el primer ladrillo de su autoconfianza.

 

Los altibajos del camino

El crecimiento de Gisela no fue lineal. Hubo más derrotas que victorias y momentos en los que pensó en abandonar. Su vida personal tampoco ayudaba. Los problemas en su trabajo y las tensiones familiares parecían conspirar para que la pista de pádel fuera solo otro lugar donde sentirse insuficiente.

Fue entonces cuando Mario, su entrenador, le regaló un cuaderno y le dijo:

—Cada vez que te pase algo bueno en la cancha, escribilo. Puede ser un punto que ganaste, una bola que devolviste bien, lo que sea. Cuando estés bajón, lo releés.

Ese cuaderno se convirtió en un refugio. Gisela empezó a llenar sus páginas con pequeñas victorias:

«Hoy hice un smash perfecto»,

«Me divertí mucho con las chicas después del entrenamiento»,

«Mario dijo que mi revés está mejorando».

Poco a poco, esas notas empezaron a pesar más que las dudas.

 

El florecimiento

Con el tiempo, Gisela comenzó a transformarse. Ya no era la jugadora que se disculpaba después de cada error ni la que se encogía de hombros cuando las cosas iban mal. Era alguien que gritaba un «¡Vamos!» después de un buen punto, que celebraba los logros de sus compañeras y que encaraba los entrenamientos con una energía que inspiraba a los demás.

La confianza que había ganado en la cancha empezó a reflejarse en su vida personal. En el trabajo, se animó a pedir un ascenso. En su círculo social, comenzó a rodearse de personas que la apoyaban en lugar de criticarla.

Cuando ganó su primer torneo como pareja fija de Flor, Gisela se permitió llorar, pero esta vez de alegría. No porque pensara que había llegado a la cima, sino porque entendió todo lo que había recorrido para llegar hasta allí.

 

Una reflexión bajo las luces

Años después, ya consolidada como una jugadora que brillaba por su seguridad y pasión, Gisela se encontró sola en una pista después de un entrenamiento. Las luces del club iluminaban la cancha vacía, y ella se detuvo por un momento, sosteniendo su paleta.

Pensó en aquella primera vez, en sus disculpas constantes, en las lágrimas y en las risas compartidas. Recordó a Mario, a Flor y a todas las personas que habían sido parte de su viaje. Pero sobre todo, pensó en ella misma: en la chica que había decidido volver a pesar del miedo, en la mujer que ahora podía plantarse con firmeza tanto dentro como fuera de la pista.

En ese instante, comprendió que su camino había sido más que un recorrido deportivo; había sido una lección de vida. La confianza que ahora irradiaba era el fruto de su disciplina, trabajo y, sobre todo, de su amor por el juego.

Sonrió y susurró al aire:

—Gracias, pádel, por enseñarme a creer en mí.

Y con ese pensamiento, cerró la pista, sabiendo que su historia sería un faro para quienes, como ella, comienzan llenos de dudas pero con una pasión que puede transformar todo.

Daniel Amat