«Entre Redes y Sociales»

En un rincón de Buenos Aires, la vida de Tomás, un joven de 20 años, se debatía entre dos amores: el pádel y todo lo demás.

Hijo único de una familia típica, su casa era un refugio cálido en donde el amor y las expectativas se entrelazaban.

Su mamá, siempre con el mate en mano, le recordaba la importancia de los estudios, mientras su papá, con la mirada orgullosa, le hablaba de responsabilidad y de cómo un trabajo digno es el camino seguro al éxito.

Pero para Tomás, la verdadera pasión latía en las canchas de pádel, donde cada golpe lo acercaba más a su propio ser.

Desde chico, el pádel fue su escape, su rincón personal adonde las dudas y los miedos se desvanecían con cada smash. Sin embargo, a medida que crecía, también lo hacía el peso de las responsabilidades.

Las largas charlas con sus amigos, las salidas nocturnas y los exámenes universitarios empezaron a competir por su tiempo y energía. El reloj parecía tener menos horas, y cada vez que Tomás se ponía frente al espejo, veía a un chico que se estiraba hacia dos mundos sin saber en cuál encajaba.

Una noche, después de una cena familiar cargada de preguntas sobre su futuro, Tomás se encontró sentado en el borde de su cama, mirando la paleta que descansaba contra la pared. La pasión ardía en su pecho, pero el miedo a fallar a los que amaba lo atenazaba. ¿Cómo podría seguir el ritmo de su vida social, cumplir con las expectativas de su familia y, al mismo tiempo, dedicarle a su deporte favorito la devoción que merecía?

En la cancha, Tomás era imparable. El sudor le corría por la frente mientras la pelota golpeaba con precisión milimétrica. Allí, las dudas se evaporaban. Pero fuera de ella, el peso de la vida lo arrastraba hacia un mar de incertidumbre. En una de esas noches de entrenamiento, conoció a Martín, un jugador veterano que, entre punto y punto, le dijo algo que resonó en lo más profundo de su ser: “El pádel es un reflejo de la vida, pibe. Acá no se trata solo de ganar, sino de encontrar tu propia música”.

Esas palabras lo golpearon fuerte. ¿Cuál era su ritmo? ¿Cómo equilibrar las expectativas externas con ese fuego interno que lo consumía? La respuesta no era clara, y la presión aumentaba cada día. Sus amigos empezaron a notar su ausencia en las reuniones, y las discusiones en casa sobre su futuro se volvían más frecuentes.

Un día, en medio de un torneo importante, Tomás cometió un error fatal. La pelota voló fuera de la cancha, y con ella, sintió que su mundo se desplomaba. La frustración lo consumió, y por primera vez, se preguntó si valía la pena seguir luchando. Al llegar a casa, agotado y con la cabeza llena de pensamientos, encontró a su madre esperándolo. “¿Sabés, hijo? No tenés que ser perfecto. No importa si sos el mejor en la cancha o en la universidad. Lo que interesa es que seas feliz haciendo lo que amás”, le dijo con una sonrisa que destilaba pura sabiduría.

Ese fue el punto de inflexión. Tomás se dio cuenta de que no necesitaba elegir entre el pádel y su vida social, sino encontrar un equilibrio que le permitiera disfrutar de ambos. Decidió bajar la velocidad, darle espacio a sus emociones y aceptar que, como en el juego, hay ocasiones en las  se gana y otras en las que se aprende.

Con el tiempo, Tomás encontró su propio ritmo. Empezó a disfrutar más de las pequeñas cosas, como una salida con amigos o una charla con su padre. El pádel seguía siendo su gran pasión, pero ya no era una obsesión, sino una parte de su vivir que convivía en armonía con todo lo demás.

Y así, con cada golpe en la cancha, Tomás entendió que la realidad, como el pádel, es un juego en el que la clave está en mantener el equilibrio, adaptarse al ritmo y nunca perder de vista lo que realmente importa. Porque al final del día, no se trata de ganar todos los partidos, sino de crear una vida que refleje quién sos, con tus aciertos y errores, pero siempre, con el corazón en la cancha.

Daniel Amat