«El Arte de Jugar en Pareja»
Marcelo y Martín habían jugado juntos en incontables torneos, pero últimamente, algo había cambiado. En la cancha, donde antes fluían como un río en sincronía, ahora se chocaban como dos corrientes opuestas. Los golpes que antes eran precisos y coordinados, ahora llegaban tarde, o peor, ni llegaban. Marcelo notaba con frustración cómo sus movimientos se volvían asincrónicos, y la comunicación, que solía ser fluida y natural, se había convertido en un mar de malentendidos.
“Dale, Martín, ¡estabas ahí, esa era tuya!”, exclamó Marcelo tras perder un punto crucial. Martín, con el ceño fruncido y los hombros tensos, apenas respondió con un gesto seco de la cabeza. La tensión entre ellos se podía cortar con un cuchillo.
Esa noche, después de una derrota amarga, Marcelo llegó a su casa y se dejó caer en el sillón. A su lado, en la mesa, estaba “El Arte de la Guerra” de SunTzu, un libro que había estado leyendo en busca de estrategias que pudieran mejorar su juego. Aunque el texto hablaba de batallas y conflictos militares, Marcelo estaba convencido de que sus enseñanzas podían aplicarse en la cancha.
Levantó el libro y comenzó a hojear las páginas, hasta que encontró un pasaje que le llamó la atención: «Si conoces al enemigo y te conoces a ti mismo, no debes temer el resultado de cien batallas.» Marcelo reflexionó sobre esa frase. En el pádel, su “enemigo” no era Martín, sino la falta de conexión entre ellos. Decidió que, para cambiar su juego, primero necesitaba conocer mejor a su compañero y a sí mismo en ese contexto.
Al día siguiente, antes de su entrenamiento, Marcelo propuso a Martín tomar un café. “Necesitamos hablar”, le dijo con sinceridad. Martín aceptó, aunque con cierto escepticismo. Sentados en la pequeña cafetería cerca del club, el ruido de la máquina de café era lo único que se escuchaba durante los primeros minutos. Finalmente, Marcelo rompió el silencio.
“Martín, sé que no estamos conectando en la cancha. Y estoy seguro de que no es solo tu culpa o la mía. Simplemente no estamos en sintonía. Quiero saber cómo te sentís al respecto”.
Martín lo miró, sorprendido por la franqueza. “Es cierto. Siento que estoy adivinando tus movimientos en lugar de anticiparlos, y eso me frustra. No sé si es falta de comunicación o qué, pero ya no estamos funcionando como antes”.
Marcelo asintió. “Creo que ambos estamos tan centrados en hacer nuestro juego que nos olvidamos de jugar como un equipo. Leí en ‘El Arte de la Guerra’ que en una batalla, los soldados deben moverse como si fueran uno solo. Nosotros somos esos soldados en la cancha. Si no estamos sincronizados, no tenemos ninguna chance”.
Martín levantó una ceja. “¿SunTzu en el pádel? No lo había pensado así… pero tiene sentido. ¿Cómo lo aplicamos?”
Marcelo sonrió, aliviado de que su compañero estuviera receptivo. “Primero, creo que necesitamos conocernos mejor en el contexto del juego. No se trata solo de lo que cada uno hace bien o mal, sino de cómo interactuamos. Y segundo, debemos empezar a comunicarnos de manera más efectiva, no solo con palabras, sino con gestos y miradas. En el fondo, se trata de anticiparnos mutuamente”.
Esa tarde, decidieron no jugar un partido, sino realizar un ejercicio de sincronización. Durante una hora, se enfocaron en movimientos simples: cruzarse, cubrir espacios, y mantener el ojo en la pelota mientras se coordinaban entre sí. Al principio, la falta de costumbre les jugó en contra. Hubo más fallos que aciertos, pero poco a poco, comenzaron a sentir esa conexión que habían perdido. Cada vez que uno de ellos se movía, el otro lo anticipaba y ajustaba su posición en consecuencia. No decían mucho, pero las miradas y los gestos hablaban por sí mismos.
Los días pasaron, y en cada entrenamiento, Marcelo y Martín se concentraban en fortalecer esa conexión. Dejaron de culparse mutuamente por los errores y comenzaron a verse como un equipo, una unidad. Y así, el cambio se fue reflejando en sus juegos.
Llegó el día del torneo. Mientras esperaban para entrar a la cancha, Marcelo recordó otra enseñanza de SunTzu: «En medio del caos, también hay oportunidad.» Él y Martín ya no veían el juego como un caos de errores, sino como una serie de oportunidades para demostrar lo que habían aprendido.
Durante el partido, los rivales intentaron romper su ritmo, pero Marcelo y Martín mantuvieron la calma. Cada golpe, cada movimiento, estaba perfectamente alineado. Cuando uno fallaba, el otro estaba allí para cubrirlo, sin reproches, sin tensión. Al final, no solo ganaron el partido, sino que lo hicieron con una fluidez y coordinación que no habían sentido en mucho tiempo.
Al salir de la cancha, agotados pero llenos de satisfacción, Martín se giró hacia Marcelo con una sonrisa. “Parece que SunTzu tenía razón. No éramos enemigos, solo necesitábamos conocernos mejor.”
Marcelo asintió, sintiendo una paz que hacía tiempo no experimentaba. “El arte de la guerra se convirtió en el arte de jugar en pareja. Ahora que lo entiendo, sé que no hay límites para lo que podemos lograr juntos.”
Y así, Marcelo y Martín no solo recuperaron su conexión en la cancha, sino que la reforzaron con una nueva comprensión de lo que significa jugar en equipo. Habían aprendido que el verdadero triunfo no estaba solo en la victoria, sino en la armonía y el respeto mutuo que lograron alcanzar, aplicando la sabiduría antigua de SunTzu al deporte moderno del pádel.
Daniel Amat